miércoles 9 de julio de 2008

El último desayuno de Katerina

La mesa está llena de revistas.
No es algo inusual. De hecho, Katerina lleva semanas sin mirar otra cosa. Ni tan siquiera puede recordar si la mesa de su sala de estar es de madera o piedra, de cristal o de metal. Pero no importa, en este momento es algo que le tiene sin cuidado.

La miran. Desde la mesa la miran directamente a ella.
Sonrisas blancas repugnantemente perfectas, piernas largas esculpidas por los dioses, pieles perfectamente bronceadas sobre las que lucen las colecciones de los diseñadores más afamados del panorama. Colecciones que Katerina no quiere volver a vestir.
Miran a Katerina y se ríen de ella.

Hace tiempo que se dio cuenta de ello. Es jóven, pero no es una novata. Ha pasado por tantas pasarelas en tantos lugares, que no podría decir el nombre de dos de ellos sin pensarlo durante un momento.
Ya no importa demasiado.
Da un trago a su Coca-cola light.
Fuera, el día ya ha avanzado unas cuantas horas. La mañana ha pasado de largo, llevándose la marea de hormigas que nueve pisos por debajo, -sobre el mismo suelo que ella lleva sin pisar tres días- se desplazan empujadas por la única fuerza de la costumbre. Gente como ella, pero que a la vez resulta ajena a Katerina. Gente dueña de su propia vida.

Ella siempre lo ha sabido. Supo lo que sería desde que siendo niña, la abuela cogiera su carita entre aquellas manos tan arrugadas y a la vez tan cálidas, y le dijera: -Eres una preciosidad, Katerina. Sería un crímen que el resto del mundo nunca llegara a darse cuenta-.
El crimen no es que el mundo nunca llegue a admirar la larga melena de Katerina, ni a maravillarse con los hermosos ojos verdes que ha heredado de su madre. El crimen es haberse vendido a la fama. Pero ahí está ella. Un día, una niña Kazaja que deja su patria con un montón de sueños por equipaje. Ahora, una top-model que vive en Nueva York. No es como lo había pensado. Nunca hubiera esperado tener a la tristeza como compañera de piso, y menos cuando vives en un piso localizado en el centro del mundo. Cuando no eres más que un ave del paraiso viviendo dentro de una jaula de oro.

Quiere dejarlo. Pero no sabe cómo.
Nadie podría entender el porqué, y sin embargo ella quiere dejarlo, abandonar una vida de glamour (algo cuyo significado nunca ha llegado a enteder por completo) y ser como el resto de chicas de veinte años que ve por televisión; su única ventana al mundo real. Quiere volver a ser Katerina, la chica Kazaja de quince años, y tener la oportunidad de deshacer la maleta.

Suena el móvil.
Es la tercera llamada de Raisa en todo el día. Tampoco contestará esta vez. Ni siquiera a ella, -su mejor amiga en un mundo lleno de falsas amistades- le confesará lo que siente; lo que lleva sintiendo tanto tiempo, y de lo que no sabe como escapar.
Raisa está preocupada. Tanto como supone lo estará Alec. Ambos saben que no se encuentra bien, pero nunca conocerán todos los motivos. Eso es algo que quedará para ella y las cuatro paredes de su apartamento. Nunca nadie llegará a saber que lo que siente es miedo.

Cada vez que suena el teléfono reza una silenciosa plegaria. Reza porque no sea alguien mínimamente relacionado con DKNY o Christian Dior. Reza porque no sea una nueva oferta de trabajo que la obligue a entrar en un avión lleno de desconocidos, para ir a una ciudad desconocida, ponerse ropa de desconocidos y ser cegada por los flashes de desconocidos mientras camina por una pasarela que parece crecer a cada paso que da. De no ser por las fotos que luego son publicadas, Katerina ni siquiera recuerda haber desfilado en aquellos lugares.

Nuevo trago a la lata de refresco.
Vacía.
El cadaver de la Coca-cola light pasa a ocupar su lugar en el improvisado cementerio que ha ido creando junto al suelo. El desorden es algo que ya le trae sin cuidado. Las latas que se algolpan indiscriminadamente sobre el montón del suelo serán el mudo testimonio de su último desayuno.

Con un cuerpo que ya no reconoce como suyo, Katerina camina hacia el cuarto de baño. Está cansada, y sin embargo le es imposible dormir. Cada vez que cierra los párpados, las luces de los flashes vuelven para atormentarla. No puede dormir, pero eso al menos le evita tener pesadillas.
Su piso está amueblado gracias a la portada de cada una de las revistas para las que ha posado. En este momento, la posibilidad de un nuevo mueble que podría haber agregado al nada austero apartamento, cobra vida de la mano de un diseñador, quien en un lugar distante: Paris, Milán, Madrid,... está esbozando la ropa de la nueva colección que ella nunca llegará a exhibir.

En el cuarto de baño, Katerina es un ser humano más.
Sentada en el retrete, mira su rostro -el cuál fue calificado por la edición francesa de Elle como: "Un rostro para entusiasmarse"-, buscando una esperanza, el remanente de alguien con ganas de vivir. Su vejiga se vacía al fin. Se limpia y se levanta, dirigíendose de vuelta a la sala de estar.

Las ventanas están sucias. Tienen huellas de varios dedos. Despidió a la mujer que se encargaba de la limpieza días atrás.
La última persona que la habrá visto con vida es Raisa, y será Raisa quien atesorará durante el resto de su vida la última sonrisa de Katerina.
Al abrir la ventana, siente la ligera y prácticamente inapreciable brisa de las primeras horas de la tarde. El verano acaba de comenzar, pero aún es posible respirar en Nueva York.
Un paso más, sólo falta un paso.

Antes de saltar, piensa que debería haber dejado abiertas las ventanas para escuchar los ecos del tráfico. Siempre quiso conducir, pero nunca pudo encontrar el tiempo necesario para sacar el carnet. Y entonces vuelve a sonreir. Le parece curioso que ese vaya a ser su último pensamiento antes de quitarse la vida.
Da el último paso.

No es como todo el mundo lo describe. Dicen que es rápido, pero Katerina tiene tiempo de sobra para pensar en todo lo que deja atrás. Y piensa en Alec, con quien nunca tendría que haber roto, y piensa en Raisa, a quien espera que lo que está haciendo no afecte demasiado. Incluso se permite unos segundos para pensar en la niña que vive en el apartamento de enfrente junto con sus padres. Una niña preciosa que suele decirle que de mayor será modelo como ella. Espera que tenga un poco más de suerte.

A pocos metros del suelo, Katerina acierta a ver el reflejo de su cara en las ventanas del edificio. No es un rostro para entusiasmarse.

Dedicado a Ruslana Korshunova, la princesa que no pudo ser reina.



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1 respuestas:

Mr. X dijo...

D.E.P.

Este mundo puede ser maravilloso y horrible a partes iguales.